Todos los medios de comunicación predican hoy con afán desmesurado que un terremoto hizo temblar ayer media España y parte de Marruecos... Vale. De lo que no hablan es del terremoto que nos sacudió hace dos semanas al instituto de Educación Secundaria en que trabajo: La muerte de un compañero mientras se hallaba en el aula dando clases.
Posiblemente no mereció ni una pequeña nota en los periódicos pero en el departamento de Lengua donde convivió, sonrió, se quejó, y dejó huella perenne durante algunos años, su muerte fue un seísmo. Algunas compañeras que gozaron de su amistad y que incluso se fueron de copas con él, lloraron al enterarse de la noticia, vimos como caían sobre una silla y derrumbaban su cabeza en la mesa entre lágrimas:”¡No, no!”Reconozco que a mí, que no le conocí, porque llegué al centro cuando él ya se había ido, me impactaron extraordinariamente las reacciones de los compañeros, quizá incluso más que su muerte.
En ello tiene que ver, por supuesto, que era muy joven, sólo cuarenta y un años son muy pocos años para morir, dejando un bebé y una esposa. Una compañera y amiga nos contó reprimiendo las lágrimas aquella vez en que él compartió una noche de jolgorio y de copas con otros compañeros, e insistió en llevarles a ver amanecer desde la colina de las tetas, como llaman a un conocido parque de Vallecas. Yo le dije: “Escribe esa historia, todos queremos leerla.” Ella prefirió callar y bajar la cabeza. Prefirió seguir dejando en el mundo de la privacidad y lo personal un recuerdo que yo reclamo como maravillosa historia nunca referida, pero siempre deseada. Hay que respetar estas cosas. Aunque....
Todo esto nos da mucho qué pensar. Nos da muchísimo qué pensar.
Pensamos hasta qué extremo su trabajo fue valorado. Hasta qué punto su vida fue vivida como la de alguien que va a morir demasiado pronto. Cuánto valor tiene entre nosotros, sociedad ya amaestrada en sufrir como si nada eventos tristes y hasta tremendos, el que un profesor de lengua haya muerto como los antiguos guerreros celtas decían que había que morir para ir directamente al paraíso, es decir, en plena batalla, o sea, con las botas puestas.
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