22/11/07

Profes o bichos

En el año 1999 un alumno colocó un artículo en un periódico mural del centro educativo en el que yo trabajaba por entonces; el artículo se llamaba "Bichos" y es el siguiente:
Los profesores están bien (eso dicen) y son necesarios (al parecer) pero si te gusta estudiar y aprender. Si no, son un coñazo inaguantable: ellos te obligan a callarte en clase cuando estás deseando contarle tu último ligue a tu colega; te obligan a tirar el rico chicle de menta a la basura aunque sufras de alitosis; te obligan a cambiarte de sitio cuando has pillado la ventana para mirar simplemente las flores en primavera, el rincón para las chuletas o el pasillo porque la vecina está de vicio; te obligan a estudiar todos los días (aunque no lo consiguen), cuando en realidad te importa un pito el tema; te obligan a llegar puntual a clase cuando estas tranquilamente en la puerta del tuto fumándote un cigarrillo (u otras cosas); te obligan a salir a la pizarra para decir el tema (se supone) y tú estas muy agustito en la silla (aunque son incomodísimas, te sientes como te sientes); te obligan a limpiar las mesas de clase, que te mola tanto pintar; te obligan a quedarte en las tutorías hasta las tantas cuando a lo que te apetece es irte a casa para comer y echarte la apreciada siesta... En conclusión, son un rollazo, ya que siempre te están dando la vara con sus monsergas. Se podrían comparar con esos bichos llamados mosquitos (aunque no debemos pasarnos con los pobres mosquitos) que cuando estás en la piscina en veranito tomando el sol, te están dando la paliza continuamente; vienen volando con su vuelo zigzagueante y sin cortarse ni un pelo se posan en tu hermosa y brillante chepa, entonces la primera reacción (por lo menos la mía) es la de intentar aplastarlos, pero ellos vuelven y se posan de nuevo, y así hasta que se mosquean y te pegan un picotazo que hace que te estás acordando del mosquito una semana. Pues los profesores son así, te echan una charla de kilo que no te interesa para nada, tú, para que se pase la larga hora, te pones a dibujar cómicamente al profesor o profesora, hasta que te enmarronan y te regañan para que atiendas y así, hasta que se cansan y te ponen un rosco, que pica tanto como el picotazo del mosquito. Lo más fuerte es que hay algunos (pelotas) a los que no les molesta esta situación, se llevan bien con ellos y les califican como útiles y virtuosos. Pero que se le va a hacer, hay gente para todo."


Pues bien, al día siguiente apareció junto a este artículo tan estimulante, otro que le contestaba,
sí, me digné contestar, no sé por qué, y esta fue la contestación:
Resulta que los profesores picamos como mosquitos, revoloteamos alrededor de los alumnos como mosquitos y sólo falta que también, como semejántes dípteros, chupemos la sangre, aunque entonces pasaríamos a la categoría de vampiros, y es preferible mantenernos en un estadio de inferioridad semejante al de un bicho al que se puede, al fin y al cabo, aplastar sólo con la uña, para que el alumno se sienta fuerte, poderoso e imbatible frente al molesto bichito que merodea móvil, cómico y chiquitín alrededor del incomodado alumno grandote.
Pero veamos detenidamente cómo se autopresenta este pobre alumno, mártir beatífico:
1º.-Habla sin parar con el de al lado (y con el de atrás y con el de delante, y con el que está en la otra esquina de la clase por señas).
2º.-No escucha al profesor, que le está hablando tanto a los demás como a él, y que ojeroso, cansado, y, por explicables razones, ya afónico, continúa en "on" como la radio, o como la tele cuando nadie la mira.
3º.-Ya que nuestro beatífico alumno no presta atención, para compensar podría estudiar un poco en casa, al menos, hacer algún ejercicio, pero como también eso le molesta se ve "obligado" a hacer chuletas, y encima, los mosquitos no le dejan copiarlas.
Por si fueran pocas sus virtudes académicas, además a nuestro alumno le adornan extraordinarios talentos tales como dedicarse a pintar las mesas, -ignorando la existencia de un invento ya antiguo llamado "papel"-, fumar para llenar de humo a unos pocos y de bacilos de tos a otros muchos, y masticar con la elegancia de un hipopótamo chicles cuyo color es posible discernir desde varios metros de distancia por todo lo que abre la boca al masticarlos...
¡Y que a este fausto ejemplar de la especie estudiantil no le sea respetado su derecho a venir a clase sólo para fastidiar al prójimo, a dejar en mal lugar a sus padres demostrando sus malos modales y, sobre todo, el más sublime, inestimable e intrasferible de los derechos del alumno, el derecho a hacer dónde quiera, cómo quiera y cuándo quiera lo que de la real gana!
Si tuviéramos que calificar de algún modo al excelso individuo que nos ocupa, desde luego no le llamaríamos "bicho", sino que quizá utilizaríamos apelativos que no nos atreveríamos a mencionar respecto a él por lo innobles como "vago", "cochino", "caradura" o "cachoperro"; no obstante, no es este nuestro estilo y nos negamos a valernos de semejantes vocablos, porque si nos servimos con propiedad de las palabras, para la definición que buscamos basta sólo una: "Maleducado". Un alumno sin educación. Y es aquí donde aparece la necesidad imperiosa de ayudarle a su pesar, para darle una educación que se empeña en demostrar que no posee. Eso: "Ayudarle a su pesar" es lo que se llama "educarle".
Desde luego que este chico no quiere que le prohíban pintar en las mesas del aula, pero seguro que la cómoda donde guarda su mamá la vajilla tampoco le está permitido adornarla con grafitos, porque en su casa le han "enseñado" que eso no se debe hacer si no quiere que le tomen por un impresentable cochino; y no digamos por lo que le tomarían si cada vez que alguien le hablase él volviese la cabeza y se pusiese a hablar con otro, entonces lo más probable es que le metiesen en un manicomio por estar loco de atar. Pero con los "bichos-profes" es distinto. Con los "bichos-profes", se puede hacer de todo. Ellos aguantan pacientemente gestos propios de locos, comportamientos dignos de animales y no de personas, y palabras y gestos que fuera del tuto darían lugar a que a sus autores no se les volviese a mirar a la cara.
No obstante, estos "bichos-profes", que tienen hijos, padres y hermanos, que son seres humanos con sus preocupaciones, sus sentimientos y sus esperanzas, que también sufren, aman y hasta ven y van a los concurso de la tele, estos "bichos-profes" intentan una y otra vez, un día y otro, una evaluación y otra, un curso y el siguiente, insistentes como mosquitos, pertinaces como hormiguitas, fieros como leones, pacientes como elefantes, intentan una y otra vez sacar del alumno grandote que les mira con aprensión lo poco o mucho de bueno que éste pueda tener, se empañan en demostrar que ya hay en él una educación recibida aunque él se empeñe en demostrar lo contrario para no parecer "pelota" y seguir siendo "colega" entre un montón de colegas a los que les pasa lo mismo que a él, y, en definitiva, el bicho profe al igual que el valiente insecto, inconsciente de la pequeñez de su fuerza ante la obstinación cabezota del pupilo, anhela, persigue y espera obtener sin descanso que el alumno se eduque, aunque sea a su pesar, y aun teniendo en contra muchas veces la salud, el clima, el cielo, la tierra, las circunstancias, y hasta al propio ser humano adolescente al que pretende nada más y nada menos que ayudar a crecer.

2 comentarios:

Jesedu dijo...

Entro a ver tu blog, leo tu primer artículo y lo que me sorprende es la calidad expresiva del alumno. ¿Seguro que era un alumno?

Ánimo con el blog y con las tecnologías estas.

Saludos.

Jesús (TIC).

Anónimo dijo...

Pues claro, Jesús, has acertado, no lo hizo el alumno sólo sino que tuvo la valiosísima ayuda correctora de uno de esos bichos que no le importó contribuir a la pésima opinión del alumno sobre los propios seres que le estaban ayudando a expresar dicha opinión... ¿Tirar piedras a nuestro tejado? Por la buena impresión que te ha causado la "expresión" del alumno veo que nuestro trabajo no fue en valde....
Espero que leas más post y comentes con igual agudeza sobre ellos....

Inés