
La racionalidad se supone la llave de la conducta humana; quiero decir, se suponía. En la actualidad el signo del cambio hacia unos nuevos tiempos es que nos hemos dado cuenta de que la racionalidad no lo explica todo; de que la racionalidad explica pocas cosas; de que, en realidad, no explica casi nada porque la racionalidad no sirve para explicar sino para ser utilizada como instrumento de realización y de transformación de aquello que no nos gusta como es porque no es racional.
En mi niñez estudié en un colegio religioso. Me acuerdo de lo bien que me enseñaron las monjas a racionalizarlo todo, porque la Razón era la Verdad, la Verdad era la Vida y la Vida era Dios. Todo muy lógico y racional. En toda esa cadena de metáforas no había lugar para lo que yo sentía, lo que yo sufría. De hecho el sufrimiento no era una verdad, sino un obstáculo que había que superar para llegar a la verdad. Quizá el único sufrimiento oficialmente admisible era el que veíamos en las fotos del Día del Domund: Esos negritos delgadísimos con harapos y llenos de moscas, que, afortunadamente, quedaban tan lejos; aunque servían para hacer murales muy bonitos.
Aquella época era el final de la dictadura, y yo ni me daba cuenta.
Unos meses después de morir Franco estrené en primavera una falda confeccionada por mi mamá a partir de unos pantalones, que hacía juego con unas zapatillas negras, de cintas rojas que se ataban cruzadas en el tobillo. Eran unas zapatillas muy de moda, con flores bordadas en rojo y azul y las suelas de esparto. La madre Lucía, -una de las novicias llegadas al cole ese año desde la sede de Galicia, y que se caracterizaban por ser tan modernas que no llevaban hábito- me dijo que estaba muy guapa. Como yo ya había notado ciertas muestras de admiración reprimidas entre mis compañeras afirmé con la cabeza sonriendo, como diciendo “ya lo sé.” Inmediatamente me sentí culpable; qué tremenda falta de humildad. Una nunca debe hablar bien de sí misma, una nunca debe ensalzarse ante Dios. Bajé la cabeza y la levanté otra vez sintiendo que aunque irracional, me sentía orgullosa de mi falta de humildad y de ensalzarme vanidosamente ante Dios a modo de una reivindicación. ¿Por qué? Si mi físico era por lo menos pasable, y siempre sacaba notas altas en la asignatura de Gimnasia, ¿por qué siempre me excluían del cuerpo de baile?
En aquella época se hacían a final de curso representaciones coreográficas basadas en músicas contemporáneas como “Mammie Blue”, y en danzas regionales gallegas. No eran una tontería de coreografías, sino que se ensayaban mucho y toda la clase tenía que aprenderlas a lo largo del año. Yo era consciente de que lo hacía bien, incluso muy bien, pero nunca me seleccionaban para la representación final. Los últimos tres años de la Educación Básica vi pasar mes tras mes con la esperanza de que me eligieran para el cuerpo de baile, y año tras año comprobando que de nuevo el espectáculo final se haría sin mí. Y yo seguía intentando comprender aquella falta de lógica, aquel irrazonable contrasentido. Ante la falta de justificaciones sólo se me ofrecía una explicación: Las monjas me tenían manía.
Pero ¿acaso puede entrar dentro de lo razonable tener manía a la mejor alumna de la clase, y no de la clase, de todos los cursos, y no de todos los cursos, del colegio al completo? ¿Cómo comprender que yo, declarada no oficialmente, pero sí en rumores y corrillos infantiles y adultos, la alumna más inteligente de todo el colegio fuese víctima de un injusta segregación a la hora de bailar? No, eso no podía ser, no, de ninguna manera. ¿Cuál era la otra explicación posible, la única que restaba? Pues ya sólo cabía pensar que no me querían incluir en el grupo de baile del colegio por la sencilla razón –observemos el término “sencilla razón”- de que mi físico no era lo bastante aceptable como para ser lucido en escena. Sí, eso sí era razonable: Mi cuerpo era feo, yo era fea. Y así comenzó un complejo que tardaría años en superar.
Ni por lo más remoto se me hubiera ocurrido la explicación que luego más tarde comprendí: Quizá porque no era racional, quizá porque ni las propias monjas ni nadie lo había subido hasta la superficie de la razón para intelectualmente elaborarlo: Se me había apartado del cuerpo de baile, no por ser fea, sino precisamente por todo lo contrario: A mis once, doce y trece años de edad yo estaba ya muy desarrollada. Comprendo que las monjas consideraran, o mejor, intuyeran de modo irracional que era imprudente poner mis dos tetas bamboleantes sobre el escenario, entre un montón de niñas “destetadas”; o hacer ejercicios rítmicos corporales con las nalgas ante un grupo de padres fascinados por sus hijas sin caderas. Mi cuerpo era demasiado excitante, mi mirada demasiado penetrante, mi presencia demasiado brillante; por eso fue negada y prohibida. Todo en mí incitaba a la irracionalidad, y por tanto a la falta de Dios y por tanto mi cuerpo no era para el cuerpo de baile, mi cuerpo era el cuerpo del Diablo.
En mi niñez estudié en un colegio religioso. Me acuerdo de lo bien que me enseñaron las monjas a racionalizarlo todo, porque la Razón era la Verdad, la Verdad era la Vida y la Vida era Dios. Todo muy lógico y racional. En toda esa cadena de metáforas no había lugar para lo que yo sentía, lo que yo sufría. De hecho el sufrimiento no era una verdad, sino un obstáculo que había que superar para llegar a la verdad. Quizá el único sufrimiento oficialmente admisible era el que veíamos en las fotos del Día del Domund: Esos negritos delgadísimos con harapos y llenos de moscas, que, afortunadamente, quedaban tan lejos; aunque servían para hacer murales muy bonitos.
Aquella época era el final de la dictadura, y yo ni me daba cuenta.
Unos meses después de morir Franco estrené en primavera una falda confeccionada por mi mamá a partir de unos pantalones, que hacía juego con unas zapatillas negras, de cintas rojas que se ataban cruzadas en el tobillo. Eran unas zapatillas muy de moda, con flores bordadas en rojo y azul y las suelas de esparto. La madre Lucía, -una de las novicias llegadas al cole ese año desde la sede de Galicia, y que se caracterizaban por ser tan modernas que no llevaban hábito- me dijo que estaba muy guapa. Como yo ya había notado ciertas muestras de admiración reprimidas entre mis compañeras afirmé con la cabeza sonriendo, como diciendo “ya lo sé.” Inmediatamente me sentí culpable; qué tremenda falta de humildad. Una nunca debe hablar bien de sí misma, una nunca debe ensalzarse ante Dios. Bajé la cabeza y la levanté otra vez sintiendo que aunque irracional, me sentía orgullosa de mi falta de humildad y de ensalzarme vanidosamente ante Dios a modo de una reivindicación. ¿Por qué? Si mi físico era por lo menos pasable, y siempre sacaba notas altas en la asignatura de Gimnasia, ¿por qué siempre me excluían del cuerpo de baile?
En aquella época se hacían a final de curso representaciones coreográficas basadas en músicas contemporáneas como “Mammie Blue”, y en danzas regionales gallegas. No eran una tontería de coreografías, sino que se ensayaban mucho y toda la clase tenía que aprenderlas a lo largo del año. Yo era consciente de que lo hacía bien, incluso muy bien, pero nunca me seleccionaban para la representación final. Los últimos tres años de la Educación Básica vi pasar mes tras mes con la esperanza de que me eligieran para el cuerpo de baile, y año tras año comprobando que de nuevo el espectáculo final se haría sin mí. Y yo seguía intentando comprender aquella falta de lógica, aquel irrazonable contrasentido. Ante la falta de justificaciones sólo se me ofrecía una explicación: Las monjas me tenían manía.
Pero ¿acaso puede entrar dentro de lo razonable tener manía a la mejor alumna de la clase, y no de la clase, de todos los cursos, y no de todos los cursos, del colegio al completo? ¿Cómo comprender que yo, declarada no oficialmente, pero sí en rumores y corrillos infantiles y adultos, la alumna más inteligente de todo el colegio fuese víctima de un injusta segregación a la hora de bailar? No, eso no podía ser, no, de ninguna manera. ¿Cuál era la otra explicación posible, la única que restaba? Pues ya sólo cabía pensar que no me querían incluir en el grupo de baile del colegio por la sencilla razón –observemos el término “sencilla razón”- de que mi físico no era lo bastante aceptable como para ser lucido en escena. Sí, eso sí era razonable: Mi cuerpo era feo, yo era fea. Y así comenzó un complejo que tardaría años en superar.
Ni por lo más remoto se me hubiera ocurrido la explicación que luego más tarde comprendí: Quizá porque no era racional, quizá porque ni las propias monjas ni nadie lo había subido hasta la superficie de la razón para intelectualmente elaborarlo: Se me había apartado del cuerpo de baile, no por ser fea, sino precisamente por todo lo contrario: A mis once, doce y trece años de edad yo estaba ya muy desarrollada. Comprendo que las monjas consideraran, o mejor, intuyeran de modo irracional que era imprudente poner mis dos tetas bamboleantes sobre el escenario, entre un montón de niñas “destetadas”; o hacer ejercicios rítmicos corporales con las nalgas ante un grupo de padres fascinados por sus hijas sin caderas. Mi cuerpo era demasiado excitante, mi mirada demasiado penetrante, mi presencia demasiado brillante; por eso fue negada y prohibida. Todo en mí incitaba a la irracionalidad, y por tanto a la falta de Dios y por tanto mi cuerpo no era para el cuerpo de baile, mi cuerpo era el cuerpo del Diablo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario