
Ahora, al releer mis propios escritos, incluso los apuntes hechos en sucio para aclarar ideas o como recordatorio de cosas que debo hacer, simplemente con volver los ojos sobre "mis cosas" me he sentido mejor. Sin embargo, hace unas horas en el tuto, entre la gente, he llegado a sentirme fatal, fuera de mí misma, fuera de mi centro; tensa, desconfiada, angustiada. Tienes la sensación de que no sabes en qué momento va a abalanzarse sobre tí un problema inesperado y no sabes cuál, ni sabes por dónde; estar en el tuto es como permanecer expuesta a todos los vientos y a todas las tempestades. Y creo que los compañeros, al igual que yo, disimulan muchísimo para ocultar su vulnerabilidad, fingen hasta donde les es posible, pero el sentimiento de agotamiento, de fatiga, suele traicionarnos y superarnos; el estrés se convierte en "escuatro"...
No es que no nos guste nuestro trabajo. Enseñar es mi vocación, siempre desde muy pequeña, sentí esta vocación y la ejercí; y me gusta hablar, preparar las clases, repetir una y otra vez de distinta manera y personalizadamente lo mismo pensando en cuál será la mejor manera de que cada uno según su forma de ser y de pensar entienda y aprenda (lo que ahora se llama "adaptación curricular"), una postura de atención, disponibilidad y ayuda constante, lo que constituye desde siempre base de la vocación didáctica. Pero... Es que no estoy haciendo nada de esto. Es más, esto no es lo que se me pide de haga, se espera de mí que haga otra cosa.
Se espera de mí que cuide a peques hiperactivos tapando sus a veces muy crueles travesuras, que guarde en clases apretadas a nutridos grupos de adolescentes hipertrofiados de hormonas que desfogan atentando contra la dignidad personal de sus propios compañeros y hasta de los profesores, y que meta a presión extensísimos programas académicos en el cerebro de alumnos de bahillerato que bastante han tenido con sobrevivir a una ESO hiperestresante habiendo aprendido al menos a leer y a escribir, dadas las circunstancias.
Y todo esto no hay que denunciarlo, no hay que verlo, hay que tapar los ojos y fingir que todo va bien, que todo es una balsa de aceite, para lo cual es imprescindible que el barómetro marque una temperatura agradablemente cálida, quiero decir, el barómetro del instituto que es el porcentaje de aprobados.
Cuando te hundes en la miseria y en la desesperación, porque tu trabajo no es tu trabajo y además, te presionan los políticos para que eso siga así, te amenazan tus compañeros en posiciones de responsabilidad institucional con que no sabes hacer tu trabajo, te recriminan tus compañeros en posiciones de responsabilidad dentro del instituto porque creas muchos problemas al no aguantar lo inaguantable, y así dejas al instituto en evidencia delante de los políticos ya mencionados, que tampoco quieren enterarse de nada, y, por fin, para poner la guinda al pastel, cuando te escriben cartas o te llaman por teléfono los padres y madres porque has hecho sentirse incómodas a sus adorables criaturitas excesivamente sensibles a eso que se llama "exigencia", cuando todo eso sucede y tienes que pedir una baja por depresión para no asesinar ni suicidarte, nadie, nadie, va a mandarte una nota interesándose por tu estado de salud o te va a dar una palmadita en el hombro, ninguna institución va a cuestionarse que está pasando para que haya tantos profes rabiosos y deprimidos, y todos, todos, superiores, padres, hasta los propios compañeros e incluso los alumnos, van a lanzar críticas soterradas a "ese profe irresponsable y caradura se que atreve a pedir una baja de esas", aunque en el fondo de su conciencia su creencia personal sea muy otra, pero esto es la selva, y no una selva exótica y misteriosa de novela de aventuras, sino la selva oscura, densa y asfixiante de las películas de terror, guardada por sigilosas boas constrictor, fieras pirañas y ocultos cocodrilos amenazantes. Y si alguien dice que en esta selva se vive muy bien porque por estar en ella te dan un sueldo fijo, se le puede contestar que si no fuera por el dichoso sueldo fijo aquí no quedaba ni el apuntador.
Antes, con diez años menos, lo llevaba mejor, porque me pasaba como a todos los profes que tienen diez años menos al descubrir lo que es en realidad esta profesión: pensaba que este trabajo no sería para siempre. Haré otra cosa, saldré de esto. Pero, con el tiempo te das cuenta de que cambian los sitios, cambian las personas, pero la base de todo, la pantomima que nos vemos obligados a hacer todos y que llamamos educación, esa no cambia. Es como un mal sueño del que crees que despertarás algún día, pero el mal sueño se va convirtiendo en pesadilla, y ¡dios mío!, no estás durmiendo, esta pesadilla es real y hasta le van poniendo nombres (logse, loce, lode, ¿o primero loce y luego lode? ¿Y luego que viene? ¿"Loqué", que lleva en sí la inextricable incógnita de su existencia? ¿"Love", que eso sí que queda muy "cool", "progre " y americano? ¿Es acaso esto un concurso de inventarse nombres que empiecen por "lo", un dos tres responda otra vez...?) No, señoras y señores, no están ustedes durmiendo, quizá ya están muertos y han llegado al infierno, que es al único sitio al que deberían ir los que viven entre mentiras y encima fingen pasárselo muy bien creyéndoselas...
Todas estas cosas siento en mi trabajo.
A veces no es así. No es así siempre. A veces hay el rostro atento de un alumno que te mira con interés, sin rabia, sin resentimiento, sin reproche. Un alumno que acoge en su seno tu deseo de enseñar y te envía su energía positiva de deseo de aprender, más aún, su necesidad de aprender, su anhelo de encontrar la verdad sobre la vida, que a lo mejor tú no puedes transmitirle pero sí apoyarle en su intento de lograrla, desde una mirada que quizá no es necesariamente inteligente, pero sí clara, tranquila, respetuosa. Yo diría, una mirada normal. A mí todavía ningún sicólogo o sicopedagogo ha podido convencerme de que este alumno no es el alumno normal, de que los normales son los otros, los maleducados, los sinvergüerzas y los gamberros. Creo que los chicos y chicas sencillos, tranquilos y educados, -con mayor o menor inteligencia, con mayor o menor tristeza o alegría, con mayores o menores problemas familiares- creo que este tipo de chicos son los normales, son la juventud normal que transita los centros educativos. Desde luego puedo aceptar que el desequilibrio sea lo más abundante, pero no, bajo ningún concepto, que sea lo normal.
Lo que pasa es que es con el desequilibrio con lo que hemos de convivir en los centros escolares, un desequilibrio que no se crea y sustenta a sí mismo, sino que es resultado del desequilibrio de una sociedad que lo vomita a los centros de enseñanza para agrandarlo y volver a engullírselo cuando dichos centros se deshacen de él, y seguir así alimentándose, cual enferma alimaña monstruosa, de sus propios desequilibrios, de sus propias anormalidades vomitadas, que la harán parir en breve nuevos engendros; de todo lo cual, los profes somos testigos mudos, impotentes, condenados a formar parte de este engranaje diabólico del sinsentido y la neurastenia.
3 comentarios:
Nadie lo podía haber descrito mejor. Soy profe de secundaria y siento lo mismo que tú, pienso exactamente lo mismo que tu piensas y además creo que no tiene solución. Suerte y ánimos.Pedro Carrasco.
Estoy contigo. Ahora tengo 29 años, y lo puedo sobrellevar más o menos bien porque aún tengo cosas en común con esos pequeños diablillos, y aún puedo reírme y tomármelo todo con sentido del humor. Pero..¿qué pasará dentro de quince, veinte, treinta años, cuando la distancia que me separe de ellos sea infinitamente mayor y ya sólo vea en sus caras las de mis nietos? Lo que no puedo aguantar es la hipocresía entre compañeros, y las decenas de blogs de profesores que sólo hacen que darse palmaditas a la espalda a sí mismos, diciendo qué bien que lo hacen y lo mucho que aprenden sus alumnos. ¿En qué curso dan clases? ¿Nunca tienen un mal día? Es lo que ocurre, muchas veces, en la sala de profesores: criticar lo mal que lo hacen los demás cuando tú estás haciendo lo mismo. Suerte que aún queda gente sensata. Y contigo conversaría muy a gusto en esa misma sala de profesores.
Lo que me sorprende es que siendo un colectivo tan formado y entragado seamos tan pasivos y tengamos tan poca voz social. Eso somos nosotros.
En fin, aquí estamos, en plena catarsis, todos juntos, aunque sea detras de este aparatito.
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