22/2/09

La rebelión silenciosa

(Dibujo de Inés Calvo)

¿Y si mañana comenzase en las aulas la rebelión silenciosa de los profesores?
El profesor entra con paso tranquilo en el aula, y tras hacer una respiración profunda, deja de sentir: a) la necesidad de ser escuchado; b) la necesidad de ver a todos y controlarlo todo; c) la necesidad de reaccionar ante cualquier provocación. Se ocupa sólo de enseñar.
A veces el resultado es el éxito. Si pone en ello toda su energía y tiene a los hados a su favor. Pero otras veces no lo consigue y la rebelión silenciosa es abortada. El profe se siente mal consigo mismo, como si el fracaso fuera culpa suya, como si algo fallara en él, como si no fuese lo suficientemente competente. Pues bien, ahora comienza la segunda parte de la rebelión silenciosa: La capacidad de sentirse responsable sin sentirse culpable de nada.
Desde luego, como casi todo lo que merece la pena, no es tarea fácil, pero sí sencilla.
La mejor verificación de que uno ya ha comenzado esa rebelión es poder contar tranquilamente a sus compañeros las dificultades a la hora de dar su clase, sin cabrearse y sin apasionamiento. Pero pocos docentes hablan de lo que les pasa de verdad. Lo habitual es que haya dos tipos: aquellos a los que todo parece irles bien, o todo mal, y aquellos que nunca cuentan nada. A estos últimos se les reconoce porque para disimular suelen utilizar frases comodín que concedan y al tiempo resguarden, como “ah, sí, el alumno Fulanito de Tal; en el fondo es buen chico,” o “no se portan muy bien, pero yo estoy contento”. Este tipo de profes nunca saben exactamente por qué les duele tanto la cabeza. Los otros, los que siempre se quejan, expresan, generalmente a gritos, su rabia, su indignación, su impotencia. Estos suelen tener malas digestiones. Y por otra parte, tampoco eso les ayuda nada. Ni unos ni otros han comenzado la rebelión silenciosa. Todavía están presos de la culpabilidad, o, lo que es peor, del miedo a dar pena. Temen que sus conflictos en clase puedan llegar a utilizarse contra ellos, por eso los disimulan con la agresividad o con el ocultamiento.
Ante estas dos aptitudes tan opuestas, aunque hay quién las practica las dos a la vez, unas veces una o otras veces otra, hay que ser consciente de dos cosas:
La agresividad y la rabia, la exaltación apasionada y los ataques de ira, generan más rabia y más agresividad, como la pelota de nieve que rueda, que cada vez es más grande y helada. Por otra parte, tapar los problemas, no querer darse cuenta de ellos, sólo hará que estos se incrementen, o que el aparente éxito falsamente atribuido no se le sea considerado al profesor, sino al director, inspector o consejero de turno, que será quién se adjudique y sea premiado por lo bien que va todo en los centros educativos de su administración.
La rebelión silenciosa no es ante los alumnos, sino como son todas las rebeliones de verdad, ante el resto del mundo.