27/12/06

El profesor de Frank McCourt


El profesor McCourt nos ha conmovido.
Porque nosotros también lo somos.
Por eso hemos leído el libro de McCourt, no porque sea un autor irlandés que se ha hecho famoso por contar su autobiografía como niño pobre e infeliz en los suburbios dublineses.
Nos imaginábamos que sería un libro como tantos otros sobre el tema: un compendio de experiencias tan meditadamente relatadas de forma políticamente correcta que llegan al papel muertas bajo un estilo soporífero. O bien una exaltación del trabajo del docente con la visión tierna y paternalista de los manuales educativos decimonónicos. Sin embargo, la obra de McCourt botó ante nuestros ojos llena de vida bulliciosa, de inmediatez explosiva, llena de sinceridad.
McCourt en este libro sigue siendo tan auténtico como en los anteriores, porque cuenta la verdad y la cuenta emocionándonos. Aunque, como él mismo confiesa, ha tenido que utilizar el humor para no sumir a sus lectores en la más profunda de las depresiones; y si eso puede suceder con lectores ajenos a la profesión de la que habla, imaginémonos qué ánimo se nos queda a profesores que como nosotros, aún se hallan ejerciendo su tarea intensa y diariamente.... Pues para nosotros, ha sido un alivio, un consuelo y a la vez un acicate reconocernos en el personaje que McCourt ha rescatado al rescatarse a sí mismo de su pasado, el profesor anonadado en sus primeras clases frente a alumnos rebeldes y difíciles, compasivo ante padres que se se sienten confusos frente a hijos extraños pertenecientes ya a otra generación tan distinta a la suya, sufridor constante de la impertérrita intromisión de los políticos y sus incoherentes reformas educativas, y víctima de la incomprensión y el menosprecio del resto de la sociedad, sorda y endurecida por afrentas pasadas e ignorancias actuales.
Además, detrás de sus treinta años dedicados a la enseñanza, late una palabra nunca dicha, pero que está ahí, que se presiente como acechando ante cualquier debilidad del ánimo para saltar sobre el autor o sobre su público: La palabra “fracaso”. Tener que dedicarse a la enseñanza, casi siempre como profesor temporal o interino, suponía para el autor y para la gente que le rodeaba, ser un fracasado, frente a otros profesionales similares pero más valorados, como por ejemplo, los catedráticos de la universidad, los críticos literarios o los escritores consagrados. Y es fantástica, aunque también característica de él, la humildad con que nos cuenta el desperdicio de su dos años intentando hacer una tesis doctoral en Irlanda, y su vuelta a casa “sin nada”, otra vez adentrado en la palabra no escrita, el fracaso. O el final de su matrimonio, otro fracaso más, relatado con sencillez y llaneza; qué grande hay que ser para saber hacerse tan pequeño.
Los dos últimos capítulos, cuando McCourt es ya querido y respetado como profesor sin embargo son los más flojos, aunque antes está esa clase magistral de escritura creativa metamorfoseada por obra y arte de la originalidad en pic-nic en el parque, como culminación de la transformación de los libros de cocina en modelos literarios. Antes hemos pasado por tantas anécdotas, tantas historias, tanta vida académica acumulada que una profesión aparentemente aburrida se convierte en algo apasionante.
Nosotros ya hemos empezado a ver nuestro trabajo de otra manera.
(Fotografía de la sobrecubierta del libro)