8/1/06

Profesores rabiosos




Soy profesora de Instituto....
Si dijese: Soy abogada, médico, periodista, modelo, cantante, prostituta... mi vida de inmediato sería interesante como argumento de novela, porque ciertas profesiones causan gran expectativa en un lector avezado... Otras, no tanto. Una de ellas es la profesión de profesora... de instituto. Todo el curso metida en una ciudad, en un centro, en unas habitaciones especialmente inhabitables e inhóspitas, con niños insociables y adolescentes irritantemente arrogantes que cuestionan a cada minuto cualquier autoridad... En el preciso momento en que se escucha esa frase: Soy profesora de instituto, el auditorio se divide en dos bandos: los que dicen:¡Qué desgracia, lidiar con la edad más conflictiva del ser humano!
Y los que dicen: ¡qué suerte, dos meses de vacaciones!
Y una vez reconocido que nada de lo que se pueda contar o revelar acerca de la vida de una profesora de instituto es sorprendente, o atractivo, o absorbente... Puedo empezar a soltar la rabia; sí, porque escribo con rabia; y no por ser profesora, o mujer, o ciudadana de la urbe aunque trabajadora “intelectual” del extrarradio; escribo con rabia porque lo hago así. Soy una rabiosa, que a veces consigue disimularlo, porque demostrarlo no está bien, no es aceptable, aunque la mayor parte de los seres humanos en mis circunstancias pasen su vida alterados en semejante estado de gracia: sin embargo, yo, por fin, me he dado cuenta de ello.

Y me diagnostico también, que mi rabia no es muy antigua. Cuando me doy cuenta, me preocupo:Aunque he estado en sicoterapia en mi adolescencia, y sufrociertos altibajos emocionales y al final, yo solita, de pronto, lo comprendo todo: no es la tristeza, -soy básicamente alegre-, ni la frustración –nunca he tenido altas aspiraciones-... No, no es ninguna de esas causas el origen de la rabia...


¿Alguien sabe qué es esa “cosa” que llamamos... la rabia? ¿En qué consiste? Me puse a investigarlo y apunté, como si fuera a dar una clase sobre ello, cuidadosamente las conclusiones:

1º. La rabia es la emoción más caliente y pasional, y también la más peligrosa de todas, y la más destructiva. Se activa por tres principales razones:
a)El excesivo control físico o sicológico. El control es algo tan físico como un encierro, unos barrotes, no tener las llaves de la puerta que quieres abrir, estar atado. El control sicológico lo producen las reglas a seguir, las normas que han de dirigir nuestra conducta en cada momento, o simplemente sentir de modo continuo que nos paralizan nuestras propias limitaciones a la hora de llevar a cabo una meta. Y así llegamos a la segunda razón que produce la rabia:
b)la frustración por no alcanzar el objetivo que nos hemos propuesto; como, por ejemplo, llamar a alguien que no nos contesta el teléfono, o no poder llegar a tiempo al trabajo porque hay un coche aparcado en segunda fila que nos lo impide, lo cual nos producirá una rabia transitoria y temporal que, no obstante, perdurará aun después de que hayan retirado el impedimento y estemos ya en vías de la consecución de nuestra idea inicial; la emoción de la rabia persiste y poco a poco irá disolviéndose...
Pero hay frustraciones más profundas, más duraderas, más dramáticas, que, una vez han desatado en nosotros nuestra rabia pueden llegar a ser consideradas como tragedias: Los estudios nunca realizados, el amor rechazado, el matrimonio hundido, el hijo que no se tuvo nunca, el reconocimiento profesional o artístico negado de por vida... Y aquí está la tercera gran razón de la rabia:
c) Sentirnos heridos, engañados, traicionados, puede que por alguien, puede que por muchos, puede que sólo podamos acusar de felonía a la propia existencia, a la vida, y la rabia se volverá entonces contra uno mismo, o contra Dios.
“Apurar cielos pretendo/ ya que me tratáis así/ qué delito cometí/ contra vosotros naciendo...”

2. Tras conocer las razones que la producen ¿cuáles son sus más reconocibles efectos?
a) Los más llamativos son los negativos, que siempre consisten en la destrucción: de cosas, de seres, de situaciones. La rabia puede soltarse como una llama que se inflama de pronto y luego se apaga, o puede irse acumulando poco a poco hasta convertirse en una bomba que estallará en cuanto la más pequeña chispa inapreciable la motive, porque la rabia es alta energía neuronal acumulada que necesita descargarse y que ineludiblemente acabará haciéndolo, aunque a veces esa energía sea necesaria porque
b) los efectos positivos de la rabia son la fuerza para defenderse cuando ya no queda fuerza para nada, la sabiduría para recuperar el control cuando todo parece incontrolable, y esa es la rabia constructiva, alimenticia y reparadora de la que habla la canción que dice “¡esa gitana tiene rabia, por Dios!”, -y nos imaginamos a la bailaora en fulminante taconeo rabioso-, o de la que habla el director cinematográfico que declara en una entrevista: “He recuperado la rabia con la que empecé a hacer cine”...

Por lo tanto, la rabia no es siempre mala, sino que a veces es tan buena como el mejor de los acicates.... Lo que pasa es que en la Nueva Era que vivimos y sufrimos, donde la clave del éxito social y personal se sitúa en la relajación, el yoga y el pensamiento positivo, la rabia está proscrita.
Pero aun prohibida y disfrazada de otros nombres -autocontrol, superación, bloqueo producido por sobrecarga energética del tercer chacra...- la rabia sigue existiendo, activándose y produciendo sus consecuencias de modo imparable.
No obstante, todo lo que produce tiene su marca indeleble, la marca de haber sido hecho con rabia ¿o no? ¿Puedo decir, por ejemplo, que en la Quinta Sinfonía de Beethoven se ve la marca de la rabia, pero no en la novena? ¿Qué la rabia que llena las pinturas de Van Gogh nada tiene que ver con la inalterabilidad de las de Vermeer? ¿Qué Quevedo hace saltar de las líneas la emoción de sus versos de un modo mucho más rabioso que el renacentista Garcilaso? Y eso... ¿a quién le importa? ¿Las hace inválidas? ¿No son por ello obras de arte extraordinarias?
Y yo... ¿por qué necesito justificarme tanto? Porque, tras mi pequeña investigación sobre la rabia y subsiguiente resumen didáctico, sigo sin desentrañar la clave que me acongoja, que me ha hecho empezar a escribir este texto narrativo que aún no ha salido de la mera exposición teórica:No reconozco en mí las causas, fuera de mis circunstancias de trabajo, ahí sí, y, por otra parte , no sé cómo librarme de tanto sufrimiento. Porque aunque teóricamente todos seamos iguales ante Dios, resulta que no todos somos Vermeer, Van Gogh , Beethoven, Quevedo o Garcilaso...
Por eso llamo a un amigo que también es colega de profesión pero que, a diferencia de mí, ha sabido como escaparse de ella sin abandonarla, -da clases de apoyo a extranjeros, pequeños grupitos de chicos tranquilos y pocas horas de trabajo-, y que precisamente por eso ha detenido la rabia y la ha dejado varada en un rinconcito de una vértebra lumbar que, no obstante, a veces le duele mucho... (No pasa nada, se va con un masaje) Así que le llamo y le propongo un proyecto, algo útil, algo gratificante, algo que lleve la rabia de lo destructivo a lo constructivo, de lo desmoralizante a lo ilusionante: ¿Qué tal si hacemos una página web dedicada sólo a lo emocional, frustrante, artístico o relativo a la salud laboral de los profes? Una página que no sólo los ponga en el punto de mira de la opinión pública como causa de todo el bien y el mal, como canal de todo lo político y social, sino como seres individuales, vividores de su realidad personal, sufrientes, tristes, alegres, que suspiran y que rezan y que se enamoran y que juegan a las quinielas y que se enfadan rabiosamente porque todo el mundo se ha olvidado de que ellos también tienen pleno, total y absoluto derecho a expresar su rabia y a quejarse.
Vamos a llamar a este amigo y colega Tony Montano porque le gusta llevar un nostálgico sombrero de gangster y además es un poco histrión; y Tony dice: “Vale, vale, bien. La portada podría ser el cuadro “El grito” de Munch.” Según él, quién grita tiene que ser forzosamente un profesor, minutos antes de arrojarse por el viaducto.. La idea no está mal, de hecho está muy bien, pero este no es un profesor rabioso, sino un profesor al que la desesperación y la angustia lo están llevando a la locura. Por ejemplo, mi caso.
Pero, ¿realmente es posible llegar a este extremo? ¿Cómo ha podido ocurrir?
Entonces, cuando él que es además extraordinario webmáster, ya está llevando adelante el proyecto, yo me desbanco.
“Pero, Sita, ¿qué te pasa? Si tú eras la verdadera promotora...”
“No, Tony, no quiero contribuir a una catástrofe”.
“¿Catástrofe?”
“No quiero contribuir a que se extienda la epidemia...”, porque a mí la rabia me está haciendo sufrir mucho, y por fin me decido a darle un nombre que me horroriza, pero a la vez me ayuda a comprenderla del todo y para siempre: La rabia es una enfermedad. Y una enfermedad a la que, una vez que te acostumbras, te atrapa. Es relativamente fácil reconocer a un drogadicto, a un ludópata o a un alcohólico. Ya es más difícil darse cuenta de adicciones más solapadas, porque no lo son a sustancias sino a actitudes ante la vida, como los adictos al trabajo, al sexo o al dinero. Pero creo que una de las más complicadas de reconocer es la adicción a la rabia. Sentirse en ella como en casa, igual que un quejoso crónico necesita sentirse una víctima o un desgraciado para percibir su propio ser como actuante en el mundo, un rabioso necesita la rabia para notar que aún, y pese a todo, vive.
Hablaremos de las condiciones físicas del evento...
Quiero decir, hablar de algo que teóricamente todo el mundo conoce, porque en nuestra sociedad todos hemos pasado por el instituto, más años, menos años, pero todos lo hemos sufrido, porque eso hemos hecho, “sufrirlo”: es un sitio donde la gente va a la fuerza, generalmente de mala gana, hay que madrugar, hay que aguantar seis horas el rollo de seis tíos y tías diferentes, generalmente muy enfadados por sufrir esa situación. Pero, claro, estas palabras no deben pronunciarse porque son políticamente incorrectas; resulta que la educación obligatoria y gratuita nunca puede ser considerada una tortura socialmente necesaria sino un privilegio del mundo desarrollado; y si discretamente lo único que haces es quejarte, luego viene alguien a decirte: “Bueno, pues si no te gusta, cambia de trabajo.” Y se quedan tan tranquilos. Siempre me dan ganas de contestar: “Bueno, pues una vez que tu argumentación me ha convencido de que tire por la borda los años de estudio, de oposiciones y de experiencia profesional, búscame otro trabajo tú, si te es posible con el mismo cerebro que has usado para contestarme.” Pero no suelo decir nada, me quedo callada y sonrío... Ya hemos dicho que la rabia es una emoción secreta y mucho más escandalosa que el sexo, por lo que ha de ser digerida con privacidad y silencio... Además si mi trabajo fuera realmente lo que dice la teoría, enseñar... desgraciadamente ya sabe todo el mundo, porque todo el mundo ha pasado por ahí como alumno, que ser profe la mayor parte de la veces no es para nada eso.
Y en cualquier caso si yo cambiara de trabajo se solucionaría mi caso pero quedaría pendiente el caso del resto de los profesores, muchos de ellos en mi misma situación de rabia contenida o sublimada, con lo cual quedaría pendiente la solución de todo un estamento de funcionarios, muy numeroso y muy presente en la vida de todos los ciudadanos, por lo menos en una porción relevante de su vida... Cuando el problema ya no es individual sino que afecta a un amplio espectro de los habitantes de un país, el problema ya no es sicológico, sino social. La rabia producida en los profesores de instituto por sus condiciones de trabajo es una cuestión candente de la sociedad española actual.